viernes, 16 de enero de 2015

El secreto sin retorno, parte 1

CAPÍTULO 1

Debía levantarse de la cama. Aun así, decidió acurrucarse cinco minutos más entre las sábanas que la arropaban cariñosamente. Percibiendo que podría disfrutar un poco más de tiempo en aquella cama que la seducía, sonrió con tanta tranquilidad que creyó ser la persona más feliz del mundo. Su realidad se oscurecía apartándose inmediatamente de sus sentidos, mientras que sus sueños comenzaban a ser dueños de su mente.  Pasada una hora, Aris se percató de lo ocurrido. ¡Otra vez llegaría tarde!

Esa mañana de invierno se advertía más fría que las anteriores. Aris debería apresurarse para llegar a tiempo a las clases del instituto, el cual se encontraba lejos de su domicilio.

-¡Qué horror! Ahora tengo que irme a clase andando y, además, sola. Todas mis amigas habrán estado esperándome en la puerta varios minutos hasta hartarse- pensó Aris aún tumbada en la cama, realizando un fuerte esfuerzo por no volver a dormirse.

 Y saltando de la cama sin percatarse que la mañana helaba, corrió dirección al aseo donde se encendió el radiador. Por suerte, la vestimenta ya la tenía decidida la noche anterior, al igual que la mochila con los libros de las asignaturas que impartirían esa mañana.

Aún con los ojos entrecerrados, sintiendo que la somnolencia le vencía, decidió prepararse un café. Mientras se bebía el café a pequeños sorbos a causa de su alta temperatura, se vistió tan apresuradamente que no se percató que portaba el jersey al revés. Mirándose al espejo como todas las mañanas, se peinó de manera que su cabello se encontrara recogido en un coletero, excepto unos mechones rebeldes que sobresalían de ambos lados del rostro. En aquel momento se percató de la torpeza de sus actos. No sólo llegaría tarde a clase por quedarse dormida, sino que iría enseñando la etiqueta del jersey a todos sus compañeros. Y sin dejar de reírse, arregló este problema tan torpe; no podría demorarse más.

Una vez lista, recogió su mochila y salió de su casa sintiendo que aquel día sería diferente a todos los demás: ¡No todos los días se vestía una con la etiqueta hacia fuera!

Caminando por la acera en dirección al instituto, se percató que en el lado contrario había un grupo de jóvenes que la miraban fijamente. Se ruborizó por ello; pero, como cualquier chica adolescente, les dedicó una sonrisa coqueta y sexy a la vez.

-No sé para qué me he levantado. Con el frío que hace... Podría estar ahora mismo acurrucada entre mis queridas mantas polares. Total, hoy no hay ninguna clase importante. -Todos estos pensamientos se aglutinaban en su mente adolescente, indignada y arrepentida por haberse levantado.

Dejando atrás todas aquellas reflexiones somnolientas, suspiró de alegría al reparar que vería a su adorado profesor. “Todo por verle” se decía una y otra vez todas aquellas mañanas donde el sueño y la flojedad dominaban su cuerpo y mente. Le gustaba demasiado; podría decirse que Norberto era su primer amor: un amor platónico. Una sensación de alivio y confort rozó sus sentidos. Su piel se había erizado y su rostro color canela había elegido parecerse a un tono rosado. Ruborizada, ladeó la cabeza con ambas manos para que, de esta manera, desaparecieran estos pensamientos que comenzaban a evadirla de la realidad.

El hecho de haberse encontrado tan absorta durante el camino, hizo que no se percatara de la velocidad de su paso. Ya había llegado a la puerta de su tan “querido” instituto; ya era la hora de comenzar la etapa académica de ese día.

Golpeó el timbre que se encontraba al lado de una verja gris. La puerta se hallaba cerrada, como de costumbre, puesto que abrían solo al entrar y al salir del horario académico. Su ausencia a la primera clase provocó la ira del conserje; no porque tuviera que salir a abrirle la puerta (que también lo exasperaba), sino porque se había convertido en su rutina diaria, el llegar tarde a las clases.

-Ya viene este viejo cascarrabias con ganas de discusión. No voy a seguir su conversación, seguro que así se cansará de intentar darme lecciones. –Pensaba Aris mientras Agustín agitaba los brazos en su dirección. En realidad, siempre planeaba la misma estrategia, pero no surgía efecto en aquel hombre tan tozudo.

Una vez en clase, Aris no paraba de pensar en Norberto. Desafortunadamente, su profesor no había podido asistir a su horario laboral por causas personales. Nadie del instituto sabía cuáles habían sido las verdaderas razones, pero Aris imaginaba una y otra vez las causas de esta ausencia.

-A lo mejor ha roto con la novia. Sí, tiene que ser eso… ¡Pues mira, mejor! –Se afirmaba a sí misma, convenciéndose de ello.

-Aris no seas ingenua. Norberto no habrá dejado de venir a clase solo por separarse de su pareja. Habrá sido algo mayor. ¡Puede que haya fallecido su madre! –Le contradecían sus amigas.

-¡Vaya rollo! Yo solo había venido porque nos tocaba su asignatura. Si lo llego a saber… ¿No podría haber ocurrido otro día? –Y mientras argumentaba su rabia, miraba por la ventana con una mano apoyada en la mejilla.

Podrían transcurrir horas y horas en esta postura, imaginando cuáles podrían ser las razones de su ausencia; argumentando en sus propios pensamientos que se sentía defraudada por ello; y lo más importante para ella: si algún día conseguiría acercarse a su tutor de una manera diferente que el de profesor-alumna.

El sonido afónico de un timbre determinó que las clases habían finalizado. Por ese día ya habían sido suficientes los tormentos para Aris. Solo deseaba volver al instituto al día siguiente para comprobar que todo seguía de la misma manera: si Norberto vendría a dar sus clases de música, asignatura que impartía; si había roto con su pareja o le había ocurrido algo a su madre. En realidad, se encontraba preocupada por este hecho. Su tutor nunca había faltado a su trabajo; por ello, este problema debía de ser muy importante. Y agrupándose con sus amigas, decidieron iniciar su camino de vuelta a casa. 

Por el camino, todas ellas risueñas, habían tenido la idea de celebrar ese mismo fin de semana una fiesta en casa de Bárbara, ya que sus padres se iban de viaje de negocios a Cantabria. Como es natural, aceptaron sin rechistar. Ilusionadas unas, dando brincos de emoción otras, planearon la fiesta en pocos minutos. Mientras Bárbara y Tania aportarían la bebida, Aris y Esther traerían algo para picar. Pero, en realidad, en lo que todas pensaban era en invitar al máximo número de chicos posibles.

-Ya verás Aris como te ligas a algún chico guapo este finde. ¡Así te olvidas de una vez del viejo de nuestro profesor! –Dijo Tania entre risas.

-Lo intentaré. Pero Norberto nunca se me va a ir de la cabeza. –Aris las miró con determinación. “Os perdono la vida” pensaba entre sí.


Y acompañando a cada una hasta la calle donde vivía, Aris se convenció de este hecho: no debía de obsesionarse con Norberto. “Es mi profesor. Tiene quince años más que yo. Además, ¡tiene pareja desde hace mucho! Es un amor imposible” se dijo multitud de veces para convencerse a sí misma hasta entrar en su casa. Pero Aris, absorta en sus reflexiones, no se percató que alguien la seguía desde hacía tiempo; que la miraba fijamente escondido entre la multitud.

CONTINUARÁ

Lara Evems

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