sábado, 21 de marzo de 2015

El poder del llanto

Yo la amaba con toda mi alma., pero ella no parpadeaba. Hasta hace unos minutos todo iba genial, unos llantos de expresión e histeria se unieron a los míos de alegría y diversión. ¡Qué criatura más preciosa! E iba a ser toda mía. Mis manos ya temblaban por el simple hecho de poder abrazarla, de poder sentir por primera vez su aliento en mi pecho, sus llantos cada mañana. Yo la cuidaría cada minuto de mis días, ¡hasta el fin de los tiempos! Me prometí una y otra vez en el momento de conocerla.

Un aire de complacencia, amor y confort se adueñaron de mi corazón como nunca antes lo había hecho otra persona. No sabía que estas sensaciones pudieran existir, ¡y mira ahora! Ensimismada mirándola, observando detalladamente su cuerpecito desnudo, sus enérgicos movimientos, con los que había determinado una vida de fuerza y valentía.

Pero ahora no reaccionaba. Ella no parpadeaba… su gimoteo había desaparecido; había dejado paso a un centenar de voces masculinas y femeninas que decían, altaneras, que algo iba mal. ¿Pero qué problema había? Nadie me miraba a la cara; puede que por evitar una pronta calamidad, puede que por no dejar ver la tristeza de sus caras, que comenzaba a invadir la sala. Y yo, suplicando una explicación, suspirando todo el aire de la estancia, que parecía desaparecer por momentos, les gritaba que me dejaran ver al amor de mi vida. Pero las alarmas se encendieron cercanas a mi camilla, y una cortina blanquecina me impidió visualizar qué había más allá de esas nubes que entorpecen ver el sol. Fueron momentos de tensión y deploro. No quería imaginar qué podía haberle pasado a mi niña; prefería no saberlo, ¿o sí?

En el mismo instante que decidí levantarme de la camilla, las cortinas se abrieron abiertamente, unidas a una mano temblorosa. De pie ante el hombre que me había ayudado, no tuve más que mirarle a los ojos para saber lo que sucedía. No lloré; la tensión y malestar que tenía dentro de mi corazón habían ocupado cada rincón de mi felicidad, de mi amor o ternura. No habían dejado hueco para nada más, ni si quiera para extraer esa tristeza y melancolía con unas gotas amargas.

No pude, no. Como tampoco quise acercarme al lugar que me indicaban. Había encontrado al amor de mi vida, y tan pronto se había ido… No quería enfrentarme a la realidad con tanta rapidez. No quería, no podía… pero mis pies comenzaron a dar pasos lentos. Intranquilos, se aproximaban  al lugar de los hechos, allí donde todas las inocentes almas se hallaban por unas horas hasta poder desaparecer en paz. Y allí la vi. Su cuerpecito desnudo, sus extremidades durmientes, mis párpados descansando plácidamente. Puse mi dedo entre sus manecitas aún templadas. Era tan preciosa…


El silencio conquistó la sala durante unos minutos, los cuales se manifestaron eternos para mi mente delirante. Creí notar que varias gotas recorrían mis mejillas cuando lo oí. Un grito desgarrador y suplicante había dado comienzo a una nueva vida. El calor que parecía desaparecer poco antes, había dado un giro enorme. Los médicos, decaídos por el suceso, dieron un salto, asombrados por la presente realidad.  Mis ojos se abrieron de par en par, expectante ante aquel suceso. Por fin mis lágrimas cayeron rebeldes; por fin pude llorar plenamente, pero esta vez, de alegría. 

Lara Evems

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