jueves, 29 de enero de 2015

El silencio de una amarga realidad

Esta carta está dedicada a cientos de jóvenes que sufren en silencio el acoso escolar, y tienen que convivir con el miedo que cohíbe su libertad y su fuerza. Con ésta se podrá observar el sufrimiento que causa este maltrato, acto que no sólo afecta a la víctima, sino a todo su alrededor. Entre todos podremos hacerle frente; esperemos que esta palabra, "bullying", no exista en un futuro. ¡La violencia no significa poder!




Queridos Mario y Ángela:

Hola. Me llamo Bea, una excompañera del instituto de vuestra hija. Me presento formalmente, pues no sé si Laura os habló de mí.
Me gustaría que me conocierais, que supierais un poco de mi vida y cómo conocí a vuestra hija. No pretendo que perdonéis lo ocurrido, pero, al menos, pretendo que no me juzguéis sin conocer la historia.

Yo soy y siempre he sido una joven sin amigos. Multitud de veces me han caracterizado de inusual; quizás tuvieran razón, lo reconozco, pues casi nunca salgo de fiesta como las jóvenes de mi edad. Me he negado a salir, incluso a pasear por mi ciudad con tal de situarme tranquilamente en mi casa, envolviéndome en mi soledad. Pero estaba tranquila; realmente me sentía segura, centrándome en mi música o estudios. ¿Es que necesitaba algo o a alguien más para ser feliz?

Un día, mis padres decidieron cambiar de vivienda, lo que provocó mi traslado a otro instituto. Nuevos vecinos, profesores, compañeros se presentaban ante mí… a pesar de estar familiarizada con la soledad, toda esta situación me supuso un mayor aislamiento. Debía comenzar desde el principio, cosa que no se me daba bien.

Por tanto, llegué al instituto como alumna nueva, sin conocer a nadie. Tampoco me sentía con fuerzas para presentarme; ahí estaba, sola y desamparada, mientras que los demás compañeros charlaban tranquilamente. ¿Estaría cambiando? Mi opinión sobre la soledad se había transformado; supuse que era hora de realizar amistades.

Finalizando el primer trimestre, vuestra hija vino a saludarme con esa sonrisa que tanto la caracterizaba. Me quedé perpleja, ya que nunca había enlazado palabra con ella. Le agradecí, sinceramente, su grata compañía. Y así es como creamos este gran lazo de amistad.  Laura y yo nos parecíamos más de lo que creía. Ella era una adolescente risueña, al contrario de mi estado de ánimo, pero también le gustaba la soledad. Podría decirse que era especial, como yo. Sentí que podría ser la amiga que tanto había estado esperando, ¿mi media naranja?

Pasaron los meses en el que me sentí una joven nueva. Había renacido. Mientras que mi humor aumentaba positivamente, el de Laura se transformaba en tristeza y suspiros. Le pregunté qué le ocurría; no comprendía por qué mi mejor amiga se hallaba en tal delirio, ¿qué era lo que no me habría contado? Un día de tantos, vuestra hija se atrevió a explicarme el suceso entre lágrimas y desconsuelo. Mi corazón cayó destrozado por tal visión; Laura necesitaba mi ayuda y apoyo.

-Bea,  he recibido una carta aterradora. Me amenazan con golpearme y hacer daño a mi familia si pido ayuda. Me acusan de ser un “bicho raro”. Tengo miedo… ¿Qué puedo hacer?

Mis labios se paralizaron del horror; mis palabras se hallaban paralizadas en el borde de mi boca, realizando un esfuerzo por emitir sonido. Pero por más esfuerzo que realizaba, ninguna frase consiguió salir. No sabía cómo ayudarla a menos que fuera a la policía, acto que rechazó al instante. Entre los sollozos de mi amiga, concluí que debía ayudarla, no separándome de ella. Quizás estando acompañada no se atrevieran a realizar su propósito. También le aconsejé que os lo mencionara, pero se negó rotundamente, creyendo que no la entenderíais.

Descubrimos que las personas que enviaron la carta habían sido unas compañeras de mayor edad, las cuales habían repetido varias veces de curso. Eran esa clase de jóvenes con las que es mejor no relacionarse. Tenían por costumbre abusar de los más pequeños, aunque nunca creímos que pudieran llegar tan lejos.

Al cabo del tiempo, cercano a las vacaciones de verano, las amenazas cesaron. Vuestra hija estaba contenta por ello; ya no tenía ese terror que la paralizaba al entrar a clase, o simplemente por salir de casa. Ese día decidió que ya era hora de pasear, que debía afrontar sus miedos. Con valentía, Laura tenía planeado venir a mi casa, dándome una sorpresa, para después salir a pasear. Pero la situación cambió; ella no contaba con que nuestras compañeras la seguían. ¿Cómo habíamos sido tan estúpidas? Debimos habernos percatado de ello, y haber avisado a la policía en su día.
Todo había sido una trampa. Éstas dejaron de enviar amenazas con el objetivo de mejorar la confianza de Laura; para hallarla en soledad, cumpliendo así sus palabras.
Pero vuestra hija se percató de ello demasiado tarde. En los pocos segundos que le quedaban, mi amiga me avisó por móvil pidiendo auxilio con terror.

Yo, sin pararme a pensar sobre lo ocurrido, me encaminé rápidamente hacia nuestro lugar de encuentro. Mientras me acercaba, observé una imagen que nunca se borrará de mi mente. Laura, mi mejor amiga, había sido atacada a traición. La vi tirada en el suelo, cuan larga era, envuelta en un charco de sangre. Habían sido apaleada brutalmente hasta sangrar por la nariz y la boca. Mi corazón dio un vuelco, parecía no responder a los latidos. Se hallaba paralizado al igual que Laura, encogida en la acera pidiendo compasión.

Ágilmente, como si la adrenalina recorriera mis venas, alcancé a la primera chica que se encontraba ante Laura, atizándole un buen golpe en la cara. Su gran cuerpo cayó verticalmente hacia la carretera a causa de la fuerza. Pero su compañera se percató de lo ocurrido, viniendo en mi búsqueda. Ahora el objetivo era yo; por suerte, a Laura la dejarían por olvidada. En aquel instante, el resto del grupo imitaró su acto. Mi visión se nubló del terror; no visualicé qué podría ocurrir hasta que noté un terrible dolor en el cuerpo. Me golpearon en el estómago hasta escupir sangre. Acto seguido, la joven a la que había derrumbado me arreó tal golpe en la cabeza que creí fallecer.

No me quedaban fuerzas para seguir luchando. Mi propósito había sido ayudar a Laura. En cambio, en mis planes no incluía ser golpeada hasta la muerte. Brevemente pude observar qué ocurría: una de las jóvenes le pasó un utensilio plateado y estrecho a la líder del grupo.  Mirándola con cara suplicante, mi vida pareció recorrer en diapositivas.
Ya sabía cuál iba a ser mi futuro. El terror se apoderó de mí. ¿Estaba preparada para lo peor? Siempre había creído en que era fuerte, que la seguridad era mi máxima aliada hasta que conocí a Laura.

Tenía tantas cosas que realizar y tantos sueños que cumplir... Pero, en realidad, no me arrepentía de mi acto heroico, aunque fuera lo último que hiciera en esta vida. Ayudar a mi amiga era tan gratificante. ¿Cómo iba a abandonarla?

Cerré los ojos. No quería ver como aquella persona sin escrúpulos y sin sentimientos me clavaba una navaja en cualquier parte de mi cuerpo. Miré en dirección a Laura por última vez. Deseaba recordarla para siempre en el otro mundo, lugar donde estaba segura que iría. Pero ella no estaba en el suelo.

Todo fue tan rápido... En un abrir y cerrar de ojos, vuestra hija se interpuso entre la joven con la navaja y yo, salvándome la vida. Laura murió por una buena causa, la de salvar al prójimo. Un acto de locura le había permitido levantarse e intentar protegerme, sin comprender que podía acabar dañada en el intento.

Lo último que recuerdo en aquel momento fue nuestra intensa mirada, momentos antes de caer inerte al suelo. Una breve sonrisa apareció en su rostro, acompañada de una lágrima. Podía percibir una imagen en aquella gota transparente, un gran recuerdo de nuestra amistad: el día que nos conocimos. Observé la cara de Laura por última vez, sonriendo en un último esfuerzo y dándome las gracias por haberla conocido, por haberla hecho tan feliz en aquellos meses que habíamos estado juntas.
No podía soportar perderla. Y me desmayé.

Supongo que algún vecino nos encontraría allí tumbadas y llamaría a la policía o la ambulancia. Cuando desperté ya me hallaba en el hospital. Y Laura... No estaba conmigo.

Ángela y Mario, vuestra hija me proporcionó un mensaje para vosotros en caso de sucederle algo grave. Os quería demasiado y os daba las gracias por su educación, por haber tenido unos padres tan maravillosos como vosotros. Con esta carta os proporciono las últimas palabras de Laura...

En mi caso, acabé mudándome a Barcelona con mi familia. Este lugar solo me traería dolorosos recuerdos, aunque felices por haber conocido a vuestra hija.

Quería agradecerles el haber tenido una hija como Laura.  Ella me cambió, me salvó no solo de la muerte, sino también de mi propio encarcelamiento interior. ¿Qué me hubiera ocurrido sin su amistad?   
Os hago saber que fue mi mejor y única amiga. No la olvidaré.

Gracias por todo,

Bea.

Lara Evems



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