lunes, 19 de enero de 2015

El secreto sin retorno, parte 2

CAPÍTULO 2

-¡Vamos chicas! ¡No hay tiempo que perder! ¡La fiesta empezará en dos horas y aún hay mucho que preparar!

Tania comenzaba a ponerse nerviosa. No solo se notaba en su manera de dar órdenes, sino que su color de piel había cambiado de un tono moreno, a causa de los rayos provocados por máquinas luminiscentes, a un rojo caoba acompañado de una vena que sobresalía de su cuello. Aquella vena la determinaba; siempre se dejaba ver en aquellos momentos de estrés e irritación. Todas sabían que debían aligerar sus actos o, finalmente, Tania daría algún puntapié en sus traseros. La conocían, ella era así: muy dura en su fachada, pero con un gran corazón. Las palabras malsonantes se encontraban constantemente en la punta de su lengua. Aun así, tenía un gran sentido del humor; una joven graciosa y físicamente atraíble era el motivo de su éxito. Sus amigas la adoraban, pero a su vez la envidiaban por sus encantos. Sabían que acompañarla a una fiesta ¡o a cualquier parte!, era convertirse en un punto de tiro de miradas masculinas baboseantes. Todas tenían la misma edad, quince años, pero Tania aparentaba ser la hermana mayor. Tan dura, tan expresiva, tan risueña; ella era la mejor amiga de todas.

-¡No te estreses tanto, Tania! Seguro que no se presentan a las once en punto. Además, está casi todo listo.

- ¡Los adornos ya están! – se oyó una voz angelical por detrás de Bárbara. Era Esther, tan dulce y coqueta como siempre.

-Y la comida también está preparada encima de la mesa. –Concluyó Aris.- ¿Qué música habéis traído?

El grupo de amigas se miraron fijamente unas a otras sin musitar palabra. Se advertían sus caras palidecer ante esta pregunta tan obvia. Temían que ninguna abriera la boca, alguien debía de articular palabra.

-¡No me digáis que se nos ha olvidado lo más importante! ¡¡Chicas, la música!!

Multitud de gritos se escucharon en aquel comedor grandioso lleno de decoraciones y alimentos. Y como en una película, cuatro jóvenes alteradas se vieron corriendo hacia el cuarto de juegos, lugar donde se encontraba el ordenador de mesa. Tuvieron suerte, ocasionalmente Bárbara guardaba algún disco de música en el disco duro interno. Todas suspiraron tranquilas al observar que el último punto importante de la noche ya se hallaba solucionado.
-¡A grabarlo se ha dicho!

Un sinfín de pequeños gritos dominaron el ambiente. Ilusionadas, comenzaron su transformación de chicas de instituto a jóvenes sexys.

Sonó el timbre: el primer invitado ya había llegado. Y de esta manera, con la música sonando lo más alta posible, comenzó la gran fiesta.

Aris, sin apartar sus pensamientos en las causas de su profesor, se sentó en un sillón que se situaba cerca de la puerta. Le apetecía disfrutar de sus amigas, pero no era tan juerguista como ellas. Aris no fumaba, no consumía drogas, ni siquiera bebía alcohol. Podría decirse que era la racional del grupo. La típica chica que no llama la atención en nada concreto, pero sí en su conjunto. Intelectualmente era muy lista, la mejor de la clase; sus notas eran sorprendentes. Físicamente era normal, aunque su piel tenía un precioso color canela. No era la más atractiva del grupo, aunque tampoco se molestaba en arreglarse lo suficiente. Era de las que creían que las personas debían de fijarse en el interior antes que en el físico. Aris, por ello, se superaba a sí misma todas las mañanas. Estaría esperando toda su vida a un hombre que la quisiera por su forma de ser: lista, buena y bella de corazón.

-¡Vamos Aris! ¿Qué haces ahí sentada? ¡Ven con nosotras a bailar!

Sus amigas deseaban que se fijara en algún chico pronto. No podían soportar ver una amiga tan especial sufriendo siempre por la misma causa. Todas ellas opinaban que Aris era tan preciosa por fuera como por dentro. Sólo debían esperar; sabían que tarde o temprano acabaría evolucionando su exterior, de un “patito semi-feo” sin arreglar a un gran cisne blanco con tacones.

Y mirándolas fijamente con esos ojos color miel, Aris decidió levantarse y bailar con sus amigas. Entre ellas se encontraban dos chicos de clase. Nunca se había percatado en el atractivo de ambos; en realidad, jamás se había fijado en ningún chico que no fuera su amado Norberto. Pero esa noche su actitud cambió, no se sentía la misma. Observó en sí lo que siempre había criticado. “No te fijes en el exterior, sino en su personalidad” se decía constantemente mientras se acercaban estos dos compañeros. No podía soportarlo, la mirada se movía en direcciones indiscutibles.

-Hola Aris. ¿Qué tal estás? ¿Quieres alguna bebida? –Le preguntó Carlos, mientras Adrián se acercaba a la mesa donde empleaba su técnica para hacer cócteles.

-No gracias, no bebo. Aunque podrías traerme una coca-cola, por ejemplo. Tengo una sed terrible…

-¡Venga, anda! ¡Estamos en una fiesta nena! Tómate un gin-tónic con nosotros. Es una bebida alcohólica muy floja. ¡Ya verás! –Intentaba convencerla de lo dicho, aún sabiendo que no tenía razón.
Aris, pensativa, dudó por unos instantes sobre su decisión. Por primera vez en su vida aceptó tomar una copa con aquellos individuos, llamados compañeros, que la habían atraído por mal camino.

-Vale, pero un gin-tónic no. Os conozco, y sé que os tengo que interpretar de manera contraria. Prefiero probar lo que lleva Tania en la copa; eso que lleva coca-cola.

Carlos y Adrián, al entender que lo habían conseguido, creyeron ser los dioses de la fiesta. ¡Habían ganado! ¡Habían conseguido que Aris, tan recatada, se bebiera, por fin, lo que ellos llamaban un “ronny”! Tan excitados por lo ocurrido, prepararon la mezcla de ron con coca-cola tan rápido que creyeron no echar el suficiente alcohol al vaso. Mirándose el uno al otro, decidieron probar con un “poquito” más de ron. Al fin y al cabo, Aris no se enteraría de lo sucedido.

-Toma Aris, aquí tienes tu “ronny”. ¡Que sepas que te hemos echado poco alcohol! Agradécenos este gesto de amor y humildad…

-¡Irse lejos de mí; que mirar a dónde me habéis llevado! Sois una mala influencia, ¿eh? –decía la joven con una sonrisa burlona en los labios. A su vez, ambos amigos hicieron el gesto burlesco de colocar los brazos en alto como si alguien imaginario los golpeara. Y con unas risas de oreja a oreja, se dispersaron entre la multitud de jóvenes fiesteros.

Aris observaba su copa como si nunca hubiera visto algo similar. No sabía si probarlo, o por el contrario, entregar aquel líquido cautivador a una de sus amigas. Observándolas, entendiendo que con esa bebida se ausentaban durante cierto tiempo de la realidad; que por fin entraría en la onda de aquella gente, decidió que lo aceptaría. “Pero solo una copa” se convencía a sí misma. “Solo es para probarlo, nada más. Al fin y al cabo, todos hacen lo mismo. ¿Por qué yo no puedo comportarme como ellos? Míralos, cómo se divierten”. Y metiendo la lengua primero, notó un sabor dulzón en su boca. “Está bueno…el toque que le da el refresco es dulce”. Minutos más tarde, Aris se encontraba dando grandes tragos a aquella mezcla de alcohol, o “ronny”, como lo llamaban sus compañeros.

No supo cómo sucedió. Pero al cabo de una hora se hallaba envuelta en sudor. La visión se convirtió en un parque de atracciones. Los chicos a los que había visto anteriormente, ahora le resultaban atractivos y deseosos. Sabía que no era ella; pero lo que sentía gracias al ron era alucinante. Bailaba salvajemente con sus amigas, sonreía como nunca lo había hecho. Era una Aris distinta: más atrevida y decidida. Derretía con sus impresionantes y brillantes ojos a todo aquel que se le acercara. Se había convertido en una Aris sexy y atrayente. El “patito” ya había extendido sus alas hacía la libertad, convirtiéndose en un cisne seductor.


Mientras la joven se convertía en la protagonista de aquella fiesta. Dos figuras aprovecharon la situación para acercarse a su copa, colocando cierta sustancia en ella. Y mirándose el uno al otro, rieron a carcajadas mientras huían de aquel lugar, bailoteando con la multitud. 

CONTINUARÁ

Lara Evems

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