lunes, 1 de diciembre de 2014

Una vieja amiga

   Esperando su llegada se precipitó hacia la encimera para beber su último trago de whisky. Todo limpio, todo ordenado dejó su casa para que su adiós en ese lugar no fuera tan doloroso. Mirando el reloj recordó que no todo estaba listo; aún faltaba su vestimenta. Abrió el armario y mirando a su alrededor encontró en su interior un volcán de sentimientos que creía haber eliminado. ¡Estaba preparado! Claro que lo estaba. Entonces, ¿por qué volvió a sentir tales sensaciones? Soledad, anhelo, amor, ternura, recuerdos…

   Intentando cerrar su corazón cuya apariencia parecía más bien una herida que nunca cicatriza, decidió ponerse en marcha para la hora final. Unos pantalones color beig y una camisa a cuadros blanca y negra le determinaban en aquellos momentos. Sí, sabía que había elegido los colores correctos. Tenía que irse de allí; sabía que eran sus últimos minutos en aquella casa. Y desesperado por la tardanza de aquella vieja amiga, decidió encender la radio de mano que siempre tenía en su mesita de noche.
   Esa radio era especial. No físicamente, pero sí sentimentalmente. Con esa radio vivieron él y su mujer tantos momentos inolvidables… sus hijos nacieron y se criaron con ella. En la despedida de su querida Claudia también tuvo un momento imprescindible, tan reparador y dulce.

   Ahora le tocaba a él… ahora esa radio iba a ser su compañera en aquel tránsito tan desesperante y a la vez tan deseoso. Encendiendo aquel aparato tan lentamente que creía parar el tiempo, comenzó a sonar una canción preciosa que llenaba de felicidad y tristeza al que lo escuchaba. Y deleitando sus oídos de aquella música absorbente cayó en un profundo sueño del que sabía que nunca iba a despertar.

   Alguien llamó a la puerta lentamente. José, habiéndose quedado dormido, se despertó de un sobresalto yendo rápidamente hacia la parte principal de la casa. Y abriendo la puerta, la vio. Allí estaba; tan deslumbrante y oscura a la vez, tan cálida y fría, tan temerosa y deseada… Sí, había venido en su búsqueda. Y mirándola con aquellos ojos tan amistosos, como si de un familiar se tratara, le abrió sus brazos para sucumbir ante tal destino.

   Aquella amiga, tan impasible como siempre, le concedió un último deseo antes de abandonar su casa. José no lo dudó: quería dejarle su querida radio a sus descendientes, para que, al igual que a él, le acompañara para toda su vida.
 
   Y volviendo la cabeza, echando un último vistazo a lo que había sido su vida hasta ahora, supo que ya estaba preparado. Todos esos sentimientos que habían salido a borbotones ya habían cesado.

Abrazándose a sí mismo, acompañó a la Muerte hacia su nuevo mundo, percatándose en aquel mismo instante que había sido un hombre feliz.  

Lara Evems


Un sueño -
(c) -
DreamerDevil

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