miércoles, 10 de diciembre de 2014

Mis alas rotas (2ª parte)

Mía llegó a su casa. Cuando se dio cuenta de lo tarde que era, cogió su capa del baúl y salió a pasear. Recorrió las grandes calles que estaban casi desiertas.
Aligeró el paso, creyendo así, capturar el tiempo, hasta que llegó a una gran fuente. Se sentó en uno de los lados y vio que el agua aún no se había congelado por la fuerza del frío. Ésta salía de tres grandes ángeles que estaban en el medio, unidos por las extremidades de sus alas de piedra.

Mía metió la mano en el agua y la notó fría pero no le molestó.
Miró los ángeles, imponentes con su postura. Daban la sensación de poder volar en cualquier momento, aunque sabía que aquella idea sería imposible. Sus alas de piedra estaban en algunas partes carcomidas. A Mía le encantaba sentarse en la fuente y mirarlas. Era una de las muy pocas cosas que merecía la pena ver en ese lugar. Incluso, muchas veces sintió deseos de tener unas y volar, pero eso jamás sucedería. Entonces una voz le sorprendió por la espalda.

-Hola, Mía -Teo le saludó por detrás. Ella hizo un gesto con la cabeza y él se sentó a su lado.- Hoy he visto a los niños muy contentos- entrecerró sus ojos verdes para rememorar la mañana.

-Yo también me he dado cuenta pero no es suficiente, Teo.

-Nunca lo es, pero hacemos lo que podemos y nuestra recompensa es ver cómo todos sobrevivimos un día más.

-¿Y eso es bueno? -dijo Mía con cierta ironía.

-Yo quiero pensar que sí -le respondió Teo. Ella agachó la mirada y cerró los ojos. Sintió como Teo le cogía un mechón de su pelo moreno y se lo ponía detrás de la oreja. Y su corazón sintió un vuelco.

-Me gustaría decirte tantas cosas, Mía- ella le cogió el brazo y miró sus ojos verdes.

-Yo también Teo, pero es imposible. Es mejor que todo quede como está.

Mía se levantó de aquel lugar tan maravilloso, dejando a su amigo sentado ante esas figuras, abatido y consternado.
Con el tiempo el corazón de Mía se había vuelto tan frío y blanco como la nieve.
Y en aquel momento su cuerpo se paralizó. Sintió la necesidad de apartarse de  todo aquello, aunque fuera por un momento. Y supo inmediatamente a dónde debía ir. Caminó con paso decidido hacia la iglesia. Los pájaros volaban en manada muy cerca, y los niños que vivían en la Iglesia la saludaron y se acercaron a ella, creyendo que les iba a proporcionar comida.

-Lo siento, chicos. No tengo nada- un gesto de abatimiento se advirtió en sus caras pero agradecieron su visita. La querían muchísimo y ella a ellos, también.

Mía anduvo hasta el muro de la derecha, el cual apenas conservaban algunas partes y daba paso al cementerio. El cantar de los pájaros seguía y la brisa del viento movía las hojas de los árboles secos que caían al suelo. Mía se paseó por las lápidas  hasta que llegó a dos que había al lado de un gran árbol. Eran las de sus padres.

-Hola -les dijo.- Hace tiempo que no vengo a veros. Lo siento.- Una lágrima se le asomó por las mejillas. Con los demás mostraba una apariencia fuerte y decidida pero frente a la lápida de sus padres no podía. Con ellos, no.

Abatida, cayó de rodillas sobre la nieve, notando su contacto frío. Pero en aquellos momentos nada le importaba.

-Yo…no sé qué hacer para afrontar esta situación. Desde que os fuisteis hace un año, me siento muy sola.- Mientras decía estas palabras, las lágrimas caían en la nieve, derritiéndolas al mismo tiempo. Se abrazó así misma, sintiéndose desamparada.- Ayudo a los pequeños a que no sufran por su desdicha, por su maldición de no tener a nadie a su lado que los proteja. No quiero que sufran como yo, como cuándo os perdí, pero ¿quién se preocupa de mi existencia?


Podría parecer una egoísta por pensar de esa manera, pero en su fuero interno era lo que sentía. ¿Por qué era  así? ¿Por qué era incapaz de mostrar una sonrisa? Recordó los ángeles de la fuente, su pose de desafío, sus alas abiertas e imperantes, pero Mía tenía sus alas rotas.

CONTINUARÁ
Kaly

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