sábado, 27 de diciembre de 2014

Mi horizonte

Mirando al horizonte me percato que las vistas son de lo más hermosas. Unos niños juegan por el parque mientras sus padres charlan inocentemente sobre la vida. A su lado se distinguen dos canes, los cuales intentan derribarse el uno al otro a modo de diversión.

Sí, no me había fijado en estas vistas tan asombrosas que se encuentran frente a mi casa. No recuerdo cuánto tiempo había pasado desde la última vez que pude sentarme en aquella mecedora. Ocupándome de las cosas domésticas, limpiando, comprando, haciendo la comida, descansando… “Sin hacer nada” como decía mi marido, cabreado porque sólo entraba un sueldo a casa. Pero, ¿qué puedo hacer? Por ahora nada.

Todos los días recuerdo aquellos momentos en los que me despertaba sobresaltada porque creía llegar tarde al trabajo. Aún anhelo esas palpitaciones frenéticas que provocaban la posibilidad de llegar tarde a mi trabajo. ¡Qué ganas tengo de jubilarme! ¡Cuándo sea madre me dedicaré a las tareas del hogar para no seguir trabajando! Todos aquellos pensamientos se habían vuelto realidad. En cambio, ahora no opinaba de la misma manera. Si pudiera volver a atrás…
Intentando desechar las tormentosas ilusiones que se posaban ante mí, intenté centrarme en mis preciadas vistas. Con un libro en la mano y sentada en mi nueva mecedora de madera, me fijé en las personas que entraban y salían de las tiendas vecinas. Y mientras me relajaba como creía que nunca lo había hecho, acabé entrando en un profundo sueño del que no quería despertar.
Me desperté sobresaltada apreciando que las manitas del reloj me indicaban las ocho menos veinte.

-¡Vamos, qué llegas tarde, dormilona!- me decía mi marido.

Creyendo vivir una ilusión hice caso omiso a sus exclamaciones, cambiando de posición sobre mi edredón. Minutos más tardes me encontré ante mí a un Pablo muy cabreado, vociferando que perdería el empleo si volvía a llegar tarde al trabajo. Aún dudosa por aquella realidad me incorporé, desayunando lo más rápido posible. Recogí todos mis complementos y salí de mi casa como si de un misil se tratara, a donde volvería al finalizar mi horario laboral.

¡Mis compañeros! Tiempo hacía que no los veía, que creía que habían desaparecido de mi vida. Pero ahí estaban, sonriéndome como siempre. Como si nada hubiera ocurrido. ¡Mis clientes! Me preguntaban con toda la confianza del mundo cuándo tendríamos Pablo  y yo un bebé. Siempre les contestaba con una pequeña sonrisa.
Estuve toda la mañana maravillada. Sabiendo que no iban a regresar estos sucesos, estos deseos, disfruté de aquel momento tan anhelado como si fuera el último. Y, por fin, llegó la hora de tornar a casa.

Incapacitada de producir sonido miré a mis superiores, a mis clientes, a mis compañeros… y con una sonrisa de oreja a oreja por haberme concedido esta última oportunidad, me despedí de ellos expresando todo lo que sentía; porque sabía, que en realidad, esto no podía ser el final.

Un alboroto en la acera de enfrente me sacó de mi ensoñación. Percatándome que aún llevaba el libro en la mano, decidí colocarlo encima de la mesita que se situaba en la parte izquierda del balcón. Y mientras observaba aquella lejanía que se encontraba ante mí, un llanto obtuvo toda mi atención. Mi hija Adriana acababa de despertarse, seguramente con ganas de tomarse su biberón.

Mirándola lentamente mientras mi hija se escondía entre mis brazos, entendí que debía cambiar mi futuro. Aquellos momentos en los que deseaba libertad, la falta de responsabilidades habían llegado a su fin. Tenía el deber de tomar las riendas de mi vida, comenzando por la búsqueda de un nuevo empleo. Divisando el escritorio, que se situaba próximo al balcón, me acerqué pensativa hacia éste. Mientras encendía el ordenador para actualizar mi currículum recordé cuál había sido mi sueño profesional. Ahora tendría la oportunidad de conseguirlo… Con una sonrisa en la cara comencé mi cambio:

Nombre: María Pérez Carrasco.
Estado civil: Casada.
Madre de una hija preciosa de ocho meses.


Y volviendo la cabeza hacia mi tan conocido horizonte entendí que “la igualdad es el alma de la libertad, de hecho, no habría libertad sin ella”.

Lara Evems

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