viernes, 5 de diciembre de 2014

Ella

Ya tenía guardado el equipaje en el maletero. En realidad, tan sólo llevaba una mochila capaz de guardar todo lo imprescindible para este viaje. Entré en mi coche apresuradamente, sabiendo que podría ser el último día que viviera en esta casa. Pero no miré atrás; porque sabía que allá donde iba acabaría siendo mi lugar.

Tenía esperanza en ello. Debía intentarlo por lo menos. Cerrando los ojos con las manos puestas en el volante hice esfuerzos por no derrumbarme. Sabía que estaba haciendo lo correcto; y tenía poco tiempo.
Y observando mi casa, recordando los buenos momentos que viví en ella, inicié mi marcha. Mi viaje comenzaba.

No sabía exactamente dónde ir, ni cómo reaccionar. Solo sentía que una ilusión me atraía en la lejanía, que una voz me llamaba pidiéndome que acudiera. Así pues, decidí buscarla. Esa voz tan dulce, tan armoniosa me deleitaba… me cautivaba como si de una sirena se tratase. Me estaba esperando.

Absorta en mis pensamientos, el camino comenzó siendo apacible. Observé el paisaje tan hermoso que se presentaba a mi alrededor. Árboles y césped brotaban de los campos; flores de todos los tipos y colores florecían de las laderas. Rosas y amapolas delicadas sobresalían de las rocas, cuyas erosiones provocadas por las lluvias parecían perfectas esculturas. Era, verdaderamente, un lugar hermoso y placentero.

Decidí disfrutar de aquellas praderas en solitario. Necesitaba relajarme, ¿qué mejor lugar para conseguir seguridad y valentía? Debía de planear mi llegada. Necesitaba una ruta. Cogiendo un mapa, me tumbé entre aquellas flores que me observaban. Al cabo de un rato, una vez entrado en mi meditación, encontré mi ser interior. Había hallado la respuesta sobre mi vida; alcancé la paz interior que necesitaba para abordar la valentía que requeriría aquel momento.

Y conociendo mi camino, me puse en marcha.

Llevada por mi intuición, acabé entrando en el aeropuerto. Compré un billete cualquiera hacia un lugar desconocido. Sentía que, aunque no conociera mi futuro, todo saldría bien. Se apreciaba en mí una seguridad que nunca habría reconocido. Había cambiado.

Y dispuesta a alcanzar mi meta, a seguir mi camino, la vi. Allí estaba. La había encontrado. Esa voz que había despertado mi alma desde hacía mucho tiempo. Esa luz que emanaba su persona. Esa alegría que iluminaba el alma de cualquier corazón con una pizca de tristeza. Era ella: mi esperanza.

Porque no se necesita toda materia para existir, sino un poco de amor y esperanza.

Lara Evems



Un sueño -
(c) -
DreamerDevil

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