lunes, 22 de diciembre de 2014

El Espíritu de la Nochebuena

Estuvimos aguardando junto a la lumbre. Aún faltaban varios familiares por venir, aunque eso no impedía que celebráramos nuestra unión brindando. La leña ardía majestuosamente, dando vida a diferentes sonidos resultado de las brasas que ya se mostraban de manera tímida. Su aspecto era deslumbrante, llamas anaranjadas aparecían vibrando onduladamente; reflejos azulados sobresalían de los troncos, fruto de líquidos que facilitaban y avivaban las llamas.

Recuerdo haber ayudado con ilusión a preparar la cena. La carne se encontraba lista en una fuente preciosa, vajilla heredada de mi bisabuela. Mis ojos se movían velozmente hacia todas direcciones, lugares donde mis familiares se situaban. Ciertamente, fuimos felices en aquellos momentos. La causa de ese bienestar no era importante; unos dirán que fue gracias al espíritu de la navidad, otros creerán que predominaba la falsedad. Sonrisas ficticias hacia personas insoportables, las cuales solo aceptamos en momentos especiales. Este no fue nuestro caso. La alegría contagiaba el ambiente; mis primos menores deseaban sus regalos; la ilusión de la unión familiar inundaba totalmente nuestros corazones.

Cenamos como si no hubiera mañana. Roces y codazos joviales fueron los predominantes en aquel vínculo familiar. El vino abundaba en la mesa decorada con un mantel rojo y copos de nieve. Los dulces y turrón fueron expuestos a la vista de todos los presentes, siendo la golosina de los más pequeños y la ilusión navideña de los más mayores. ¡Cuánto recuerdo de esos tiempos felices! Charlas pasadas vienen a la mente en momentos de ternura. Historias y chistes comunes daban un toque risueño y conocido al entorno.

Todos allí unidos parecíamos un anuncio en el que la oscuridad y tristeza no existe; promocionando la humildad y respeto hacia todos los presentes. No se ausentaba ninguno. Tres hermanos controlaban en fortaleza, cuyos hijos correteaban por el salón o chismorreaban de temas poco interesantes; mientras dos ancianos vencían en sabiduría. La relación familiar se basaba en el tema patriarcal, culminado por el anciano padre. Abuelo de ocho nietos, dotaba de su conocimiento a quienes se lo pedían. Orgulloso de cada uno de ellos, les dedicaba un refrán para identificarlos. Siempre nacían hermosas palabras de sus labios, cuyas moralejas servían mucho más que cualquier educación.

El anciano padre, abuelo de ocho nietos, era la persona más querida y respetada de su familia. Siempre se encontraba acompañado de todos, ya fueran familiares o amistades. Sus lecciones siempre fueron recordadas por cada uno de nosotros, dándole la importancia que se merecía en cada momento.

Hoy, día de Nochebuena, notamos la presencia de nuestro querido abuelo. Con la lumbre encendida, esperamos a que venga el último invitado. La cena se encuentra preparada en el mismo lugar de siempre; la vajilla navideña sigue siendo la misma. El fuego nos hipnotiza con sus llamas onduladas, aportándonos el calor que requiere nuestro cuerpo en una noche fría de invierno.

Sentimos la pérdida de la sabiduría. El ambiente no se halla en total armonía. Los chistes y refranes suenan en eco como si se hubieran pronunciado hace mucho tiempo atrás. Pero todos los oímos. Nadie gesticula palabra sobre este hecho; pero nos sentimos acompañados de un aura que nos arropa en este día considerado tan especial. Un día que para nuestro querido abuelo era el de mayor felicidad: la unión de la familia.

Ya son las diez de la noche. Todos vamos sentándonos en nuestros sitios, en una mesa extremadamente larga. Las sillas están poco a poco ocupándose por la familia. Solo se aprecia un espacio que preside la mesa. Pero no falta nadie por llegar.

¿O sí? Todos, lentamente, vamos volviendo nuestras cabezas hacia la puerta principal, creyendo oír que el timbre suena; que nuestro querido abuelo aparecerá de un momento a otro ofreciéndonos su sabiduría una vez más.

Lara Evems 


Un sueño -
(c) -
DreamerDevil

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